En la era digital, cada interacción, búsqueda y clic se transforma en un activo valioso para grandes corporaciones. Comprender este fenómeno es clave para recuperar el control de nuestra privacidad y autonomía.
El término capitalismo de vigilancia fue popularizado por la académica Shoshana Zuboff en su obra La era del capitalismo de vigilancia (2019). Se refiere a un nuevo orden económico que trata la experiencia humana como materia prima y la convierte en mercancía para lucro.
En este modelo, experiencia humana como materia prima se recolecta sin consentimiento significativo, analizada para predecir comportamientos y vendida a anunciantes u organismos de decisión.
El concepto emergió gracias a trabajos de Zuboff desde 2014, cuando describió activos de vigilancia y capital como las piezas fundamentales de esta lógica extractiva que opera por encima de las instituciones tradicionales.
Varios pensadores han contribuido al desarrollo del concepto:
Estas teorías convergen en la idea de una desposesión por vigilancia y control que amenaza libertades fundamentales.
Según Zuboff y Hal Varian (Google), estas son las cuatro características principales:
Adicionalmente, la búsqueda de economía de la atención en internet refuerza estructuras de poder asimétrico y erosiona el espacio privado.
Google y Facebook lideran este modelo con más del 85% de ingresos publicitarios mundiales. Su éxito radica en:
Estas prácticas consolidan una acumulación de poder asimétrico entre usuarios y plataformas, y suelen realizarse con escasa transparencia.
Los siguientes datos ilustran la magnitud del negocio:
En 2024, el comercio electrónico B2C en España superó los 110.000 millones de euros, y más del 50% de compradores emplea herramientas de IA en sus decisiones de compra.
El derecho a la autodeterminación digital se ve comprometido cuando miles de algoritmos deciden qué anuncios vemos, qué precio pagamos y qué información recibimos.
Entre los principales riesgos destacan:
Además, la dependencia de modelos predictivos afecta la diversidad de opinión y la autonomía de elección.
Ante este panorama, cada usuario puede tomar medidas prácticas:
Al adoptar estas prácticas, reducimos la cantidad de datos expuestos y recuperamos parte de nuestro derecho al tiempo futuro, es decir, el control sobre nuestra propia trayectoria digital.
Para frenar los excesos es necesario:
Solo así podremos equilibrar la balanza entre innovación tecnológica y derechos fundamentales.
El capitalismo de vigilancia redefine el valor económico de nuestra vida digital y plantea desafíos éticos sin precedentes. Con conocimiento, herramientas y presión social, podemos exigir un ecosistema más justo que respete nuestra privacidad y fomente la democracia.
Adoptar prácticas de protección y apoyar regulaciones responsables es la vía para transformar este modelo extractivo en un sistema que beneficie a todos.
Referencias