En un mundo donde la brecha entre quienes acumulan riqueza y quienes apenas cubren sus necesidades básicas sigue creciendo, se alza la propuesta de la democracia económica como una alternativa transformadora. Bajo este modelo, la economía deja de ser un terreno exclusivo de accionistas minoritarios para convertirse en un espacio de participación colectiva. La urgencia de reducir desigualdades y fomentar una economía al servicio de las personas exige reinventar nuestras estructuras económicas con valentía y visión.
La concentración del ingreso y la riqueza ha alcanzado niveles alarmantes en las últimas décadas. Mientras unas pocas grandes corporaciones dominan mercados globales, millones de trabajadores experimentan precariedad, falta de oportunidades y limitada capacidad de decisión sobre su propio destino laboral. El sistema actual prioriza el lucro por encima del bienestar social, aumentando la alienación y la inseguridad.
Frente a esta realidad, la democracia económica plantea devolver el poder de las decisiones a quienes producen, consumen y viven en comunidad. La meta es crear un modelo en el que el progreso material se vincule a la justicia distributiva, la inclusión y la sostenibilidad ambiental.
En su esencia, la democracia económica promueve mercados de bienes y servicios competitivos, al mismo tiempo que introduce mecanismos de participación y control social. Se basa en valores como autonomía participativa y democrática, trabajo digno y significativo, y un compromiso firme con la sostenibilidad ecológica. Estos pilares buscan superar las limitaciones de un capitalismo que concentra poder, restringe la cooperación y desatiende las necesidades colectivas.
El modelo se estructura en tres pilares fundamentales:
Una de las transformaciones clave es el paso del empleo asalariado tradicional a las cooperativas de trabajadores autogestionadas. En este esquema, el equipo elige un consejo que designa a la gerencia y supervisa las decisiones estratégicas, eliminando jerarquías rígidas. No existen salarios fijos, sino un reparto de ingresos residuales tras cubrir costos, garantizando siempre un trabajo significativo y digno.
En el mercado de capitales, los fondos privados ceden protagonismo a bancos públicos que otorgan "becas de inversión" no reembolsables, financiadas con impuestos o emisión monetaria controlada. Este mecanismo busca orientar recursos hacia proyectos sociales, ambientales y productivos priorizados por la comunidad.
La democracia económica introduce herramientas concretas para achicar brechas sociales y económicas. Entre ellas se destacan la transferencia de empresas al Estado para su entrega a trabajadores al alcanzar cierto tamaño, y políticas de proteccionismo socialista que aplican aranceles sociales a importaciones con estándares bajos, destinando los fondos para elevar condiciones en países de origen.
Para fortalecer la participación colectiva, es esencial fomentar una participación ciudadana activa y continua en asuntos económicos. Esto incluye desde la regulación solidaria de industrias hasta la co-gestión en juntas directivas de empresas clave para el desarrollo local.
Llevar la democracia económica de la teoría a la práctica implica enfrentar resistencias políticas y empresariales, así como superar prejuicios culturales. La transformación requiere economía social y cooperativista arraigada en valores comunitarios y apoyo institucional. La educación y la movilización social son clave para generar conocimiento y voluntad de cambio.
Históricamente, este modelo ha emergido en momentos de crisis profundas, como respuesta a las fallas del mercado y la concentración de poder. Hoy más que nunca, frente a retos climáticos y desigualdades en aumento, es imperativo rediseñar nuestras reglas de juego económicas.
La democracia económica no es una utopía lejana, sino una invitación a reimaginar la forma en que producimos, compartimos y gobernamos los recursos. Su enfoque ofrece vías claras para lograr una igualdad en la distribución de ingresos y una justicia económica sostenible para todos, alineando crecimiento y equidad.
Para avanzar, cada actor social—gobiernos, empresas, trabajadores y ciudadanos—debe comprometerse con la construcción de mecanismos participativos, la creación de cooperativas y la exigencia de políticas públicas orientadas al bien común. Sólo así podremos sentar las bases de una sociedad más equitativa, solidaria y ecológicamente responsable.
Referencias