En las últimas décadas, el concepto de éxito en economía ha transitado desde el puro crecimiento del Producto Interno Bruto hacia el anhelo de medir la felicidad y el bienestar integral.
Esta evolución propone que el verdadero progreso social incluye salud, relaciones, comunidad y significado, no solo riqueza.
La economía de la felicidad se nutre de aportes de economistas y psicólogos para bienestar subjetivo de las personas, evaluando satisfacción vital, afecto y calidad de vida.
Su origen data de la década de 1970, cuando el economista William Easterlin detectó la paradoja de Easterlin: aunque en un momento dado los más ricos son más felices, con el tiempo un mayor PIB no eleva compasivamente la satisfacción colectiva.
Amartya Sen, con su Índice de Desarrollo Humano (IDH), integró salud y educación; mientras tanto, investigadores como Graham y Powdthavee incorporaron encuestas de bienestar subjetivo.
El PIB, indicador de desempeño económico, omite aspectos esenciales de la vida. La seguridad laboral, la salud, las relaciones afectivas y el entorno natural quedan fuera.
Los datos muestran que, tras alcanzar un umbral de ingresos, la relación entre crecimiento y felicidad se estanca o incluso retrocede.
Por ejemplo, Chile experimentó un notable aumento de ingresos per cápita, pero sin un salto equivalente en satisfacción vital.
Numerosos estudios (Layard, 2010; Radcliff; Sachs) convergen en identificar variables de impacto prioritario:
El enfoque de la felicidad en las políticas parte del Gran Principio de la Felicidad, promovido por Richard Layard y Jeffrey Sachs.
Este paradigma sugiere diseñar estrategias que maximicen el bienestar de la población usando encuestas de satisfacción como métricas principales.
En América Latina, estas políticas deben centrarse en desigualdad y redes de protección social.
En Europa y España, el reto es consolidar el crecimiento con equidad y servicios públicos robustos.
Nuestras decisiones financieras y personales también pueden alinearse con este enfoque.
Al planificar presupuesto y ahorro, conviene priorizar la felicidad como métrica principal antes que la acumulación de activos.
Algunas recomendaciones prácticas:
La economía de la felicidad redefine el progreso al incorporar dimensiones humanas esenciales.
Más allá de cifras macroeconómicas, se trata de medir la calidad de vida y promover entornos donde las personas prosperen en salud, comunidad y sentido.
A fin de cuentas, crecer con propósito y felicidad es el verdadero desafío del desarrollo sostenible.
Referencias