La economía regenerativa propone un cambio de paradigma profundo: pasa de una dinámica lineal de extracción y desecho a un modelo que se nutre de los ritmos de la naturaleza. Más allá de solo reducir impactos, busca restaurar, renovar y regenerar ecosistemas dañados por la actividad humana. Su esencia radica en abandonar la lógica del agotamiento y abrazar prácticas que devuelvan salud al planeta y bienestar a las comunidades.
Este enfoque se diferencia de conceptos como sostenibilidad o economía circular al incorporar dos principios fundamentales: reparar lo dañado y mejorar sistemas existentes para que funcionen mejor que antes. En un mundo enfrentado a crisis climática, pérdida de biodiversidad y desigualdades sociales, la economía regenerativa emerge como la respuesta integral que necesitamos.
La economía regenerativa es un modelo sistémico inspirado en la ecología. Parte de la premisa de que toda actividad humana debe contribuir a una cultura regenerativa que crea valor mientras restaura elementos naturales y sociales. Busca no solo detener el deterioro, sino revertirlo activamente.
En contraste, la sostenibilidad pretende mantener el statu quo, evitando el agotamiento; la economía circular se centra en las 3R (reducir, reutilizar, reciclar) para cerrar ciclos. La regenerativa amplía este marco al añadir las 2R adicionales: reparar y recuperar, de manera que los sistemas queden más fuertes y resilientes.
Los beneficios de este modelo son de alcance ambiental, social y económico. A nivel ambiental, mejora la salud del suelo, recupera hábitats y mitiga el cambio climático. Socialmente, fortalece la resiliencia comunitaria, crea empleos locales y promueve cadenas de valor justas.
En el ámbito económico, ya se movilizan más de 500.000 millones de dólares en proyectos regenerativos. Las empresas que adoptan estas prácticas mejoran su reputación, atraen consumidores comprometidos y abren nuevas oportunidades de negocio.
Durante siglos, la economía lineal se basó en extraer, producir y desechar. Esto generó desequilibrios graves: pérdida de recursos, contaminación y colapso de ecosistemas. A partir del siglo XX, surgió la economía verde y la circular, que buscaron mitigar daños y cerrar ciclos.
Sin embargo, esas aproximaciones demostraron ser insuficientes ante eventos extremos y la sobreexplotación global. La economía regenerativa representa la siguiente etapa, añadiendo la restauración y el fortalecimiento de los sistemas para que sean capaces de evolucionar y sostenerse en el tiempo.
Empresas como Hemper han integrado alianzas equitativas con artesanos para producir textiles regenerativos. Proyectos de agricultura regenerativa usan técnicas sin químicos, rotación de cultivos y biofertilizantes para restaurar la fertilidad del suelo.
Herramientas como la Evaluación B Impact permiten medir impacto social y ambiental, incentivando a las organizaciones a operar bajo principios regenerativos. Sectores como finanzas sostenibles ofrecen instrumentos de inversión específicos para proyectos de restauración y regeneración.
Más de 500.000 millones de dólares ya se destinan a estas iniciativas. Proyectos de fertilización de suelos, reducción de emisiones y creación de empleos locales ofrecen atractivos retornos financieros y beneficios sociales.
La Agenda 2030 y los Objetivos de Desarrollo Sostenible proporcionan un marco para impulsar enfoques regenerativos. Programas nacionales, como España Circular 2030, establecen objetivos concretos de reducción de consumo de materiales y generación de residuos.
Las políticas públicas comienzan a incentivar la restauración ecológica y social mediante subvenciones, créditos blandos y marcos de evaluación de impacto. La colaboración entre niveles de gobierno es clave para escalar soluciones.
La transición a la economía regenerativa requiere un cambio cultural profundo. Es esencial fomentar una mentalidad que valore la inversión en la salud de sistemas naturales y sociales. La medición rigurosa del impacto y la transparencia son desafíos prioritarios.
Sin embargo, cada paso cuenta: desde consumidores que eligen productos regenerativos hasta empresas que ajustan sus estrategias y gobiernos que diseñan políticas de restauración. La suma de estos esfuerzos puede transformar nuestro mañana.
La economía regenerativa no es una utopía, sino un camino práctico y comprobado para crear sistemas más resilientes y prósperos. Invertir en ella es apostar por un futuro donde la naturaleza y la humanidad prosperen juntas.
Referencias