En las últimas décadas, el mundo ha sido testigo de un notable resurgir de un modelo económico donde el Estado deja de ser un simple regulador y asume un papel de actor empresarial dominante. Esta transformación plantea interrogantes sobre el futuro del libre mercado, la competencia internacional y la libertad de los ciudadanos.
El concepto de capitalismo de Estado se define como un sistema en el que el Gobierno control activo de los medios de producción y gestiona empresas con fines de lucro o acumulación de riqueza. A diferencia de las economías mixtas tradicionales, donde el Estado regula y existe propiedad privada, aquí las autoridades participan directamente en la creación, dirección y distribución de la riqueza.
Entre las características distintivas de este modelo destacan:
El análisis del pasado revela diversos experimentos de capitalismo de Estado, algunos enmarcados bajo ideologías totalitarias y otros como respuesta a crisis económicas. La Unión Soviética y los países del Bloque del Este son citados frecuentemente como ejemplos extremos, donde el Estado operaba como una gran corporación extrayendo excedentes sin depender de su retórica socialista.
Francia, tras la II Guerra Mundial, impulsó el dirigisme, un sistema de dirección crediticia y de inversiones estatales en sectores clave, aunque mantuvo la propiedad privada. En la Alemania nazi y en varias dictaduras militares durante el siglo XX, el Gobierno intervino masivamente en industrias estratégicas, fusionando intereses estatales y empresariales.
Incluso economistas como Noam Chomsky califican ciertos episodios de Estados Unidos—como las subvenciones a bancos y multinacionales tras la crisis de 2008—como una forma de capitalismo de Estado donde, pese a mantener dueños privados, el riesgo es socializado y las ganancias permanecen en el ámbito empresarial.
Después de la crisis financiera global de 2008, numerosos países emergentes adoptaron o profundizaron políticas de intervención. Gobiernos pasaron de regular mercados a participar directamente en grandes conglomerados, buscando estabilidad interna y fortaleza geopolítica.
Según datos recientes, en varias economías en desarrollo el Estado controla o influye en al menos un tercio de las mayores corporaciones. Este patrón, lejos de limitarse a un solo continente, se extiende desde Asia hasta América Latina y África.
A continuación, un resumen de casos emblemáticos:
En el contexto actual, se habla de un “capitalismo de Estado con rasgos estadounidenses”. Desde la era del New Deal, la intervención no era tan profunda como la observada en 2025–2026, donde la Administración otorga privilegios selectivos a compañías que apoyan su agenda.
El auge del capitalismo de Estado redefine las reglas de la economía internacional. Los mercados libres enfrentan la presión de actores que combinan poder gubernamental y empresarial, erosionando la disciplina competitiva y favoreciendo políticas de corto plazo.
Geopolíticamente, la rivalidad tecnológico-energética entre Estados Unidos y China se intensifica, mientras regiones como Europa y América Latina buscan equilibrar relaciones comerciales sin ceder su independencia.
Este fenómeno también plantea desafíos internos: la fusión de gran empresa y gobierno puede derivar en oligopolios respaldados por la fuerza pública, relegando a la sociedad civil y a los trabajadores de las decisiones económicas fundamentales.
El capitalismo de Estado llega para quedarse, al menos en el corto y mediano plazo. Comprender sus mecanismos y riesgos es vital para ciudadanos, empresas y gobiernos que deseen navegar este nuevo orden.
Algunas recomendaciones para adaptarse a esta realidad:
Sólo a través de la cooperación, la vigilancia activa y el diseño de políticas inclusivas será posible aprovechar los beneficios que un Estado presente en la economía puede ofrecer, sin sacrificar la libertad empresarial ni el bienestar social.
Referencias