Durante décadas, el crecimiento económico ha sido elevado al nivel de un ídolo capaz de resolver todos los males sociales y ambientales. Sin embargo, esta fe ciega oculta impactos profundos en nuestro bienestar y en el planeta.
Clive Hamilton, en su obra central, describe el fetiche irracional al crecimiento económico como un culto moderno. A pesar de décadas de aumento constante del PIB, la felicidad global no ha mejorado y los daños ambientales se han intensificado.
El capitalismo consumista impulsa un ciclo infinito de producción y consumo, priorizando beneficios económicos sobre necesidades humanas. Este mecanismo se justifica con estadísticas de crecimiento, pero ignora el agotamiento de recursos y la erosión de nuestro tiempo vital.
Cada punto porcentual de aumento del PIB suele relacionarse con mayor extracción de materias primas, deforestación y emisiones contaminantes. La destrucción de ecosistemas y la pérdida de biodiversidad se han vuelto indisociables de la expansión económica.
Por otro lado, las desigualdades sociales se agrandan: los beneficios concentran riqueza en pocos, mientras la mayoría sufre precariedad laboral y estrés constante. Además, el endeudamiento público para sostener el ciclo puede llegar a asfixiar generaciones futuras.
El crecimiento mundial se desacelera a 1,9% en 2023 desde el 3% en 2022, mientras la inflación global baja del 7,5% al 5,2%. Estos datos evidencian que la carrera por el aumento constante del PIB tiene rendimientos decrecientes y altos costos sociales.
Cada una de estas alternativas busca priorizar la calidad de vida y la sostenibilidad por encima de la expansión ilimitada.
En España, el PIB creció un 3,5% en 2024 según el INE, mientras la deuda pública ronda el 112% del PIB. Aunque el desempleo descendió, persisten lagunas sociales y riesgos ecológicos si duplicamos el ritmo de crecimiento actual.
A nivel global, países en desarrollo enfrentan el dilema de impulsar su economía sin sacrificar sus ecosistemas, y las naciones avanzadas deben redefinir su bienestar más allá de cifras macroeconómicas.
Romper con el culto al crecimiento ilimitado exige una nueva narrativa: reconocer que el verdadero progreso se mide en calidad de vida, equidad y salud ambiental. Cada individuo puede contribuir:
Solo cuestionando la obsesión por el PIB podremos construir un modelo.
Un modelo que garantice un futuro más habitable y justo para las próximas generaciones, restaurando el equilibrio entre economía, sociedad y medio ambiente.
Referencias