Para entender cómo sostener a una población global creciente es imprescindible revisar los cuatro pilares de la seguridad alimentaria: disponibilidad, acceso, utilización y estabilidad. Ante un entorno marcado por el cambio climático, la volatilidad política y las crisis económicas, se requiere una respuesta integral que combine tecnología, solidaridad y políticas efectivas.
Desde las vastas llanuras donde crecen cereales hasta las chacras de pequeños agricultores, cada elemento del sistema alimentario está siendo puesto a prueba. Frente a este desafío histórico, surgen iniciativas que siembran esperanza y ofrecen caminos concretos para garantizar que mil millones de personas no padezcan hambre.
La seguridad alimentaria descansa sobre cuatro fundamentos esenciales:
Cada pilar exige acciones coordinadas entre gobiernos, sector privado y sociedad civil. Sin uno de ellos, el conjunto se debilita y millones de familias quedan en situación de vulnerabilidad.
En los últimos años, las cifras hablan por sí mismas: el número de personas en situación de inseguridad alimentaria aguda se ha triplicado desde 2016, alcanzando casi 300 millones, y se proyecta que en 2026 más de 318 millones vivan en crisis o peor. Estos datos revelan la urgencia de revertir tendencias y mitigar el impacto de factores adversos.
El cambio climático emerge como la amenaza más grave y creciente. El aumento de temperaturas reduce los rendimientos de cultivos básicos y altera su valor nutricional. Las lluvias erráticas y los eventos extremos, como sequías y ciclones, destruyen cosechas y dañan infraestructura vital: caminos, puentes y vías fluviales como el Misisipi y el Rin.
Sumado a esto, las tensiones geopolíticas y los conflictos, desde África hasta Oriente Medio, desplazan poblaciones y bloquean rutas de distribución. En Sudán, más de 150 000 personas han fallecido desde 2023 debido a la guerra civil, y hoy enfrentan una hambruna devastadora. En Haití, 5.7 millones de personas —el 51% de la población— viven con inseguridad alimentaria aguda.
La pérdida de alimentos en la cadena productiva representa otro desafío crítico. Se estima que hasta un 50% de lo cosechado se desperdicia por falta de almacenamiento adecuado o transporte eficiente.
Los desastres meteorológicos de 2025 costaron 50 000 millones de dólares a nivel global, de los cuales las inundaciones representan un incremento del 27% en pérdidas desde el año 2000. La sequía de ríos interoceánicos provoca cuellos de botella logísticos y una mayor volatilidad en los precios alimentarios.
Al mismo tiempo, la disminución de la ayuda internacional añade presión al sistema. Organizaciones como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) enfrentan recortes presupuestarios, mientras que la FAO solicita 2.5 000 millones de dólares para atender a 100 millones de personas en 54 países en 2026. Esta sombra de incertidumbre sobre la asistencia obliga a diversificar las estrategias de financiación y a consolidar sinergias entre instituciones.
La pobreza limita el poder de compra de millones de familias, generando subnutrición crónica y aguda en hogares rurales. Las mujeres, que representan cerca del 43% de la mano de obra agrícola en países en desarrollo, enfrentan barreras para acceder a tierra, recursos crediticios y educación. Empoderarlas no solo aumenta la productividad, sino que mejora la seguridad alimentaria de todo el hogar y la comunidad.
Reducir el desperdicio de alimentos es otra palanca fundamental. Hasta un 40% de frutas y verduras se pierde antes de llegar al consumidor, debido a infraestructura deficiente y falta de centros de acopio. Invertir en cámaras de frío y en rutas eficientes de transporte puede reducir este desperdicio hasta un 15%, liberando recursos esenciales para quienes más lo necesitan.
Frente a estos retos, diecisiete millones de hectáreas en el Sahel han sido restauradas mediante prácticas regenerativas que conservan el suelo y el agua. El programa R4 del PMA, que ofrece seguros climáticos a medio millón de familias en 18 países, ha demostrado ser un ejemplo de impacto social y productivo urgente, reduciendo pérdidas tras sequías e inundaciones.
En el ámbito tecnológico, se avanzó en variedades de semillas resistentes a altas temperaturas y tolerantes a salinidad, diseñadas con la ayuda de biotecnología. La agricultura de precisión, basada en sensores de humedad y sistemas de riego por goteo controlados, permite optimizar el uso del agua y los fertilizantes.
Además, fortalecer redes de protección social en 83 naciones ha demostrado que las transferencias de efectivo y programas de nutrición escolar mejoran la salud y mantienen la estabilidad de la demanda de alimentos, lo que beneficia a los productores locales.
El horizonte de 2026 presenta presiones sin precedentes, pero también oportunidades para ampliar fronteras agrícolas en latitudes más templadas, donde el calentamiento ofrece mejores condiciones de cultivo. Para aprovecharlas, es esencial:
La histórica movilización internacional de 2022 que evitó la hambruna en Somalia demuestra que con voluntad política y una histórica solidaridad global efectiva y sostenida es posible cambiar el rumbo. Hoy, estas lecciones deben multiplicarse para que cada región con riesgo extremo cuente con sistemas de alerta y respuesta sólidos.
Invertir en resiliencia y adaptación no es un lujo, sino una necesidad humana básica. Al adoptar soluciones basadas en datos y ciencia, al mismo tiempo que se fortalecen las comunidades locales, podemos construir un futuro donde el hambre sea una excepción y no la regla.
La invitación es clara: unir esfuerzos para que las próximas generaciones hereden un planeta fértil, capaz de alimentar cuerpos y sueños. Este es el reto de nuestro tiempo y la promesa que debemos cumplir.
Referencias