La intersección entre el riesgo climático y la política monetaria revela desafíos inéditos para el Banco Central de la República Argentina. Aunque los reportes oficiales no usen la etiqueta "cambio climático", las variaciones estacionales y las proyecciones extremas para 2026 exigen una mirada integral que combine datos macroeconómicos con tendencias ambientales.
El Informe de Política Monetaria (IPOM) de diciembre 2025 destaca una desinflación sostenida, cerrando el año en un nivel anual de 31,5%, el más bajo desde 2017. Sin embargo, existen presiones estacionales que podrían alterar el ritmo descendente en el primer trimestre de 2026.
Entre esos factores sobresalen la oferta de carnes y derivados, cuya estacionalidad noviembre-marzo está altamente influida por condiciones climáticas, y las correcciones en tarifas reguladas para electricidad, gas y educación. Además, un nuevo IPC del INDEC desde enero de 2026 introduce cambios metodológicos que ajustan los ponderadores de la canasta.
Las expectativas de inflación para los próximos 12 meses, según la CIF Torcuato Di Tella de enero de 2026, se ubican en 31,5%, con un alza proyectada de 3,71% en el plazo inmediato. Estos datos ilustran los riesgos transitorios identificados y la importancia de un monitoreo fino.
El análisis del Ing. Agr. Eduardo M. Sierra pronostica un escenario climático atípico para el primer semestre de 2026. La transición de La Niña débil a un periodo neutral cálido anticipa veranos de calor extremo y sequías, seguidos por otoños con lluvias intensas y eventos polares tempranos.
Estos fenómenos afectan directamente la producción agrícola y ganadera. El estrés térmico en cultivos y pasturas se traduce en menores rendimientos y mayores costos de producción, mientras que las heladas y tormentas intensas golpean infraestructuras rurales, elevando los precios de los alimentos y presionando el índice de precios al consumidor.
Al considerar la relación entre clima e inflación, la estacionalidad de carnes podría agravarse por olas de calor y falta de lluvias, generando un impacto directivo en el IPC Núcleo más allá de lo previsto por el Banco Central.
En su Informe de Estabilidad Financiera de enero de 2026, el BCRA resalta una resiliencia financiera robusta, con elevados niveles de capital y provisiones. Sin embargo, advierte riesgos externos vinculados a cambios en expectativas de crecimiento global y apetito de riesgo de los inversores.
Si bien no menciona explícitamente el cambio climático, las perturbaciones agrícolas y los shocks en commodities pueden amplificar vulnerabilidades: menores exportaciones por sequías o incendios podrían reducir ingresos en divisas, afectando el balance de entidades financieras y condicionando el acceso a financiamiento.
La mejora reciente en indicadores de riesgo soberano y reservas del BCRA ofrece un colchón ante potenciales crisis. El riesgo país EMBI de JP Morgan perforó los 500 puntos básicos, marcando mínimos de siete años, mientras las compras netas de divisas superan los US$1.000 millones mensuales.
Este margen de maniobra permite enfrentar posibles shocks climáticos en el sector agroindustrial, aunque exige una visión prospectiva que integre escenarios extremos en la planificación financiera.
Incorporar el riesgo climático en la agenda estratégica del Banco Central implica desarrollar herramientas y métricas específicas. Algunas recomendaciones clave incluyen:
La coordinación con el Ministerio de Ambiente y la comunidad científica fortalecerá la capacidad del BCRA para anticipar crisis agrícolas y financieras, contribuyendo a una política monetaria más resiliente y sostenible.
En definitiva, el riesgo climático emerge como un elemento transversal que permea la estabilidad de precios, la salud financiera de intermediarios y la solidez de las reservas internacionales. Alinear la gestión del Banco Central con escenarios ambientales extremos no solo es prudente, sino imperativo para preservar la estabilidad macroeconómica de Argentina.
Referencias