La transformación del dinero hacia formatos digitales redefine la forma en que ahorramos, pagamos y aplicamos la política monetaria. Este artículo analiza sus tipos, efectos y retos claves.
La digitalización del dinero abarca la migración desde activos tangibles a medios electrónicos de pago basados en registros informáticos. Para entender su alcance, conviene diferenciar varias categorías fundamentales:
Adicionalmente, la tokenización de activos financieros permite representar valores monetarios y no monetarios en redes de registro distribuido, facilitando pagos programables y liquidación casi instantánea. Esta tendencia se integra en la digitalización económica más amplia: comercio electrónico, plataformas digitales y la reducción sostenida del uso de efectivo en economías avanzadas.
En las últimas décadas, el efectivo ha perdido protagonismo en varios países. Por ejemplo, en la zona euro, el efectivo en circulación como medio de pago ha caído del 70% al 45% de las transacciones presenciales en cinco años. En los países nórdicos y Reino Unido, el uso de tarjetas y pagos móviles supera el 80% de las operaciones.
Los sistemas de pagos rápidos y móviles también registran un crecimiento exponencial. Bizum en España procesa más de 300 millones de transferencias al año. Swish en Suecia y UPI en India superan los 100 millones de transacciones diarias en sus respectivas regiones.
En cuanto a CBDC, más de 100 bancos centrales investigan o han lanzado proyectos piloto. Destacan:
La capitalización total de los criptoactivos alcanzó picos de más de 3 billones de dólares en 2021 antes de corregir. Las stablecoins más grandes como USDT y USDC superan los 100.000 millones de dólares, usadas tanto en pagos como en finanzas descentralizadas (DeFi).
El marco tradicional de la política monetaria opera a través de los tipos de interés oficiales, la curva de rendimientos y la intermediación bancaria. Los cambios en los tipos oficiales influyen en los tipos de mercado, los costes de crédito y las expectativas de inflación.
La digitalización altera estos canales de manera significativa. Por un lado, la competencia en mercados financieros se intensifica con fintech, bigtech y stablecoins, reduciendo el poder de los bancos tradicionales sobre depósitos y comisiones.
Por otro lado, la introducción de CBDC minoristas remuneradas permitiría a los bancos centrales fijar un suelo para los tipos de interés de los depósitos y aplicar tasas negativas con mayor flexibilidad. Si la CBDC no se remunera, funciona de manera análoga al efectivo digital, ofreciendo alta trazabilidad y resiliencia en los sistemas de pagos.
Un riesgo clave es la desintermediación bancaria. Si la CBDC o las stablecoins se perciben como más seguras, podrían generar grandes trasvases de depósitos en épocas de estrés, obligando a los bancos a financiarse en mercados mayoristas más caros, encareciendo el crédito.
Para mitigar esto, los bancos centrales estudian límites cuantitativos por usuario, remuneración escalonada por tramos y modelos de emisión intermediada por entidades privadas, manteniendo el rol de la banca comercial.
La posibilidad de corridas digitales es un reto sistémico. La facilidad de mover fondos a formas de dinero percibidas como más seguras puede acelerar pérdidas de confianza. Al mismo tiempo, las stablecoins globales de gran escala plantean riesgos de sustitución de la moneda nacional en jurisdicciones con instituciones débiles.
La supervisión macroprudencial requiere ampliar el perímetro regulatorio para incluir proveedores de dinero electrónico, emisores de stablecoins y plataformas DeFi, garantizando reservas, acceso a liquidez de banco central y requisitos de capital adecuados.
Al diseñar una CBDC, los bancos centrales consideran varias dimensiones:
Los objetivos principales son mantener el ancla pública de la moneda, asegurar la resiliencia del sistema de pagos frente a fallos y ciberataques, mejorar la inclusión financiera y reducir los costes de las transacciones internacionales.
En definitiva, la digitalización del dinero representa un cambio de paradigma para la política monetaria y la intermediación financiera. Sus beneficios potenciales en eficiencia, inclusión y trazabilidad deben sopesarse frente a los riesgos de desintermediación, corridas digitales y erosión de la privacidad.
El diseño de mecanismos de mitigación y una regulación adaptada serán cruciales para aprovechar las oportunidades sin comprometer la estabilidad financiera ni la soberanía monetaria.
Referencias