En un mundo donde la deuda impulsa el crecimiento durante las bonanzas y se convierte en un lastre en las crisis, el proceso de desapalancamiento plantea retos monumentales. Comprender sus mecanismos y consecuencias es fundamental para diseñar políticas y estrategias que permitan a economías, empresas y familias superar este letargo monetario.
El proceso opuesto al apalancamiento financiero se activa cuando agentes económicos ven peligrar su solvencia. Hogares, empresas, bancos y gobiernos reducen deuda de manera acelerada ante la caída de ingresos o la depreciación de activos. Esta dinámica provoca un círculo vicioso de pérdidas adicionales, donde la venta apresurada de bienes impacta negativamente en balances y frena el consumo y la inversión.
Mientras el apalancamiento expande la economía al multiplicar la capacidad de compra mediante crédito, el desapalancamiento produce una contracción violenta del crédito, intensificando recesiones. La asimetría entre ambas fases explica por qué los descensos suelen ser más profundos que las alzas, generando un impacto duradero sobre el crecimiento y la confianza.
Frente a niveles de endeudamiento insostenibles, las organizaciones y los actores económicos implementan diversas vías para sanear sus balances. Estas estrategias buscan liberar liquidez y restablecer un perfil financiero más sólido.
En el sector bancario, además de estas alternativas, es habitual recurrir a la recapitalización interna o mediante aportes públicos, y a la retención de liquidez en reservas para mejorar ratios de solvencia y cumplir con la regulación prudencial.
El desapalancamiento afecta a todos los niveles del entramado económico. En el plano microeconómico, las familias pueden verse obligadas a vender viviendas con hipotecas a pérdida, mientras las empresas liquidan inventarios y activos fijos sin obtener márgenes razonables.
A escala macro, disminuye la demanda agregada cuando el ahorro prevalece sobre el consumo y la inversión. Los bancos, ante el incremento de provisiones, restringen líneas de crédito. Los gobiernos, presionados por déficits crecientes, aplican austeridad y recortes sin precedentes, profundizando la desaceleración.
A finales de la década de 2000, España acumuló un nivel de endeudamiento privado elevado, especialmente en el sector de la construcción. Tras la crisis de 2007-2008, el desapalancamiento comenzó en el segundo trimestre de 2012 y se acentuó entre 2013 y 2014.
Algunas cifras ilustran esta dinámica:
A pesar de la intensidad del ajuste, la reducción del endeudamiento permitió estabilizar el sistema financiero y preparar el terreno para una recuperación moderada, gracias a crecimiento nominal positivo del PIB y tipos de interés históricamente bajos.
El desapalancamiento es necesario para restaurar la salud financiera, pero genera un estancamiento prolongado conocido como la "trampa del desapalancamiento". Familias y empresas priorizan el ahorro y el pago de deuda, sacrificando el gasto y la inversión.
En la eurozona, la imposibilidad de devaluar la moneda agrava la situación. Con políticas monetarias expansivas, la abundancia de liquidez no siempre se traduce en mayor crédito a las pymes, manteniendo la actividad contenida.
A corto y medio plazo, la subida de tipos de interés encarece el dinero y reduce aún más la disponibilidad de crédito. Sin un impulso de crecimiento sostenido, la economía queda atrapada en un ciclo de ahorro elevado y consumo deprimido.
Vencer la "trampa del desapalancamiento" requiere un enfoque equilibrado que combine disciplina financiera y estímulos al crecimiento. Entre las acciones más relevantes se encuentran:
Solo mediante una combinación de disciplina y estímulo estratégico será posible transformar el desapalanciamiento en una oportunidad para consolidar un crecimiento sostenible y resistente a futuras crisis.
Referencias