La inflación puede parecer un fenómeno protagonizado por políticas monetarias y fiscales, pero en realidad está impulsada por insumos básicos que actúan como engranajes invisibles. Comprender el papel de las materias primas es esencial para anticipar y mitigar sus efectos en la economía global.
La inflación general (IPC) mide la variación de precios al consumidor, pero la inflación no subyacente contempla directamente los cambios en energía y alimentos. Estas partidas rigen choques de oferta y demanda y acaban filtrándose a otras categorías vía costes de producción y salarios. Para entender esta dinámica, conviene analizar tres canales principales:
Estos mecanismos se repiten en los grandes episodios inflacionarios: crisis petrolera de los años setenta, burbuja de commodities 2007-2008 y pico de precios 2021-2022.
Las materias primas se agrupan en varias categorías, cada una con características que afectan la inflación de manera distinta:
Además de estos grupos, metales preciosos como el oro actúan como refugio. Cuando reina la incertidumbre, su demanda sube y acompaña episodios inflacionarios elevados.
Los choques en oferta o demanda de cualquiera de estas categorías tienden a transmitirse al conjunto de la economía mediante rutas directas e indirectas.
El impacto de un alza en materias primas se canaliza a través de varias etapas:
a) Costes de producción y márgenes empresariales:
Empresas intensivas en energía, como las cementeras o la petroquímica, trasladan rápidamente subidas de electricidad y combustibles a los precios finales si la demanda lo permite. En el sector agroalimentario, el encarecimiento de cereales y fertilizantes reduce los márgenes operativos y dispara el coste de productos procesados y restauración.
b) Efecto de segunda ronda:
Una vez que los alimentos y la energía empujan al alza el IPC general, los trabajadores exigen salarios más altos para mantener su poder de compra. Este aumento de los costes laborales refuerza la inflación subyacente incluso si las materias primas se estabilizan.
c) Tipo de cambio e inflación importada:
En economías que importan gran parte de sus insumos, como la zona euro o Japón, una depreciación de la moneda frente al dólar encarece los precios internos de todas las commodities. La transmisión vía tipo de cambio agrava la inflación doméstica independientemente de los precios internacionales.
d) Logística y cuellos de botella:
El alza del petróleo y carburantes incrementa el coste del transporte marítimo y terrestre. Restricciones en puertos o rutas clave y falta de contenedores amplifican el impacto inicial de cualquier alza, generando variaciones amplias en fletes y costos de distribución.
Entre 2000 y 2024 se observa un ciclo marcado por altibajos en la relación entre materias primas e inflación:
Superciclo de mediados de los 2000: el auge de China y otras economías emergentes disparó la demanda de energía y metales. A pesar de la globalización, los precios de commodities alcanzaron picos históricos, presionando la inflación mundial.
Crisis financiera de 2008: los precios de petróleo y materias primas tocaron techo a mediados de 2008 y cayeron bruscamente con la recesión. Se comprobó entonces que la demanda global domina el precio de los insumos y, por ende, su rol inflacionario.
Década poscrisis 2010: con políticas monetarias expansivas, muchas economías avanzadas vivieron baja inflación gracias a precios de materias primas contenidos o a la baja. Esto ayudó a mantener el IPC por debajo de los objetivos en Europa y Japón.
Pandemia y pospandemia (2020-2022): en 2020 colapsó la demanda y los precios del petróleo incluso bajaron a niveles negativos. La recuperación acelerada en 2021, acompañada de estímulos y cuellos de botella logísticos, generó un repunte de precios de energía, fertilizantes y alimentos, marcando la inflación más alta en décadas.
Ajuste 2023-2024: los bancos centrales subieron tipos de interés de forma agresiva para controlar la inflación. Las cadenas de suministro se normalizaron parcialmente y muchos precios de materias primas cayeron desde sus picos, aunque permanecen elevados respecto a la era pre-COVID.
Al inicio de 2025 se aprecia cierto alivio en los precios de materias primas clave, contribuyendo a moderar la inflación. Sin embargo, persisten varios factores de riesgo:
Para las autoridades económicas la clave está en equilibrar el control de precios con el estímulo al crecimiento sostenible. La transición energética y la demanda de minerales críticos aportarán nuevos desafíos: la estabilidad en los mercados de litio y cobalto puede determinar tanto la inflación tecnológica como la velocidad de adopción de energías limpias.
En definitiva, las materias primas seguirán siendo el motor oculto de la inflación, y entender sus dinámicas es esencial para diseñar políticas efectivas y proteger el poder adquisitivo de ciudadanos y empresas.
Referencias