La urbanización está redefiniendo el panorama mundial y creando nodos de poder sin precedentes.
La aumento de la proporción de población que vive en áreas urbanas ha alcanzado un punto de inflexión histórico entre 2007 y 2010, cuando por primera vez la población urbana superó a la rural. En la actualidad, alrededor de un 56–60 % de los seres humanos reside en ciudades y aglomeraciones metropolitanas. Esta tendencia no es uniforme: mientras América del Norte y América Latina ya registran más del 80 % de población urbana, África se mantiene en un 45–50 % pero con la tasa de crecimiento más acelerada del mundo.
De cara a 2050, se proyecta que entre un 68–70 % de la población mundial vivirá en entornos urbanos, lo que equivaldría a casi 7.000 millones de personas sobre un total planetario de 9.7–9.8 mil millones. Este fenómeno conlleva no solo un crecimiento demográfico, sino también una expansión del suelo construido que supera la velocidad de aumento poblacional, evidenciando una expansión horizontal en forma de urban sprawl y densificación simultánea.
La evolución de metrópolis industriales a centros urbanos de poder se manifiesta en la aparición de ciudades-red que concentran finanzas, conocimientos y servicios avanzados. Saskia Sassen acuñó el término “ciudad global” para describir esas urbes con capacidad de influir en la gobernanza y la economía mundial.
Estos nuevos tipos de urbes configuran una red interconectada donde fluyen capital, talento e innovación, alterando las jerarquías tradicionales que dominaban el siglo XX.
La urbanización global registra variaciones significativas en cada continente. África verá el mayor incremento relativo de población urbana, con algunas naciones duplicando o triplicando su número de habitantes en ciudades. Asia seguirá liderando en cifras absolutas, albergando gran parte del crecimiento demográfico y la proliferación de nuevas megaciudades.
Además, el número de megaciudades se ha triplicado desde 1975, pasando de menos de 10 a más de 30 en la actualidad. Paradójicamente, muchas de las urbes que más crecieron ya no pertenecen a naciones de renta alta, sino que se concentran en regiones emergentes de Asia y África.
Más allá de las megaciudades, la mayoría de la población urbana reside en ciudades pequeñas y medianas. Estas urbes de menos de cinco millones de habitantes despliegan dinámicas propias y están adquiriendo peso político y administrativo en sus respectivos entornos.
Las áreas metropolitanas se han convertido en motores desproporcionados de la economía. En varios países, las principales ciudades representan más del 30 % del PIB nacional. Estudios indican que las 600 ciudades más importantes aportan más de la mitad del PIB global y generan buena parte de la innovación mundial.
En las últimas décadas, el eje del poder económico ha virado hacia el Sur Global, destacando urbes portuarias y logísticas que actúan como nodos de cadenas globales de valor. Ciudades como Shanghái, Mumbai o Santos rivalizan con capitales tradicionales de Occidente.
La ciudad trasciende lo local para influir en la agenda internacional. Redes como C40 o UCLG agrupan gobiernos locales de todo el mundo, definiendo estrategias globales sobre cambio climático, migración y derechos humanos. Este fenómeno se conoce como diplomacia de ciudades y gobiernos locales.
Los alcaldes asumen roles cada vez más visibles en foros multilaterales, impulsando proyectos que rivalizan en escala y complejidad con las políticas estatales. Al mismo tiempo, algunos estados centralizan el poder en pocas capitales, generando tensiones con regiones periféricas. Contrariamente, hay casos de descentralización deliberada: nuevas capitales planificadas en África o Asia buscan redistribuir poder y equilibrar el desarrollo.
No obstante, el crecimiento urbano también plantea riesgos de inestabilidad política: protestas masivas, desigualdad espacial y carencias de servicios en periferias pueden desencadenar conflictos y desafiar a las autoridades locales y nacionales.
La migración desde áreas rurales y flujos Sur–Sur configuran nuevos paisajes urbanos. Millones de personas se trasladan en busca de empleo, educación y servicios, alimentando el choque cultural y económico que moldea la ciudad moderna.
En paralelo, emergen estratificaciones profundas: una clase media con aspiraciones globales convive con barrios informales y guetos urbanos. El contraste entre la gentrificación de zonas centrales y la precariedad en periferias da lugar a “ciudades duales” fragmentadas por ingresos, etnia y estatus migratorio.
El desarrollo de infraestructuras críticas, como redes de transporte masivo o sistemas de agua y energía, resulta esencial para soportar el crecimiento urbano. Además, la implementación de tecnologías avanzadas y la gestión de datos han dado lugar al concepto de gestión inteligente de recursos urbanos, donde el Internet de las Cosas y la inteligencia artificial optimizan servicios y recursos.
El desafío consiste en equilibrar innovación tecnológica con equidad social y sostenibilidad ambiental. Solo así las ciudades podrán acoger a miles de millones de personas sin sacrificar calidad de vida ni cohesión comunitaria.
La urbanización global no es solo un fenómeno demográfico, sino un proceso multifacético que reconfigura el poder en todos los ámbitos. Desde las megaciudades de Asia hasta las urbes intermedias de África, estamos presenciando el surgimiento de nuevos vectores de influencia que dibujan un mapa urbano del futuro, lleno de oportunidades y desafíos interconectados.
Referencias